Desde enero de 2025, cuando Trump regresa a la Casa Blanca, América Latina ha celebrado ocho elecciones presidenciales. Las ocho las ha ganado la derecha o la extrema derecha.
Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú, Colombia, Argentina ya consolidada. No es una tendencia, es un patrón y, alguien lo está articulando.
El análisis habitual lo atribuye al cambio natural de ciclo; la gente vota contra quien gobierna. Eso es real. Pero es la superficie. Lo que hay debajo es más interesante: alguien está usando ese descontento de forma deliberada y coordinada.
Unos lo hacen para ganar elecciones. Usan el miedo a la violencia, el deterioro económico y la narrativa de valores tradicionales como discurso interno, es decir, lo usan como el combustible que los lleva al poder. El eje cristiano-evangélico — con sus posiciones sobre el matrimonio, el aborto, la adopción y los derechos de género — se ha convertido en la columna vertebral ideológica de esta nueva derecha. La mano dura frente al crimen completa el cuadro.
Y una vez dentro, buscan algo más: caerle bien a Trump. Alinearse con Washington les da legitimidad, respaldo internacional y, cuando hace falta, protección.
Trump los encumbra porque comparte genuinamente parte de ese ideario conservador. Pero también porque la transacción le conviene: mercados abiertos para sus empresarios, recursos estratégicos para su agenda geopolítica, y algo que no figura en ningún acuerdo bilateral pero que pesa tanto como todos ellos: la adulación. Trump necesita que lo idolatren. Y en esta nueva internacional conservadora, lo hacen.
Honduras fue el caso más revelador. Con el recuento paralizado, Trump publicó en Truth Social que si Honduras intentaba cambiar los resultados "habrá consecuencias." Asfura ganó por menos de 9.000 votos. En el mismo mensaje, Trump anunciaba el indulto al expresidente Hernández — condenado, por los propios Estados Unidos, a 45 años por introducir 400 toneladas de cocaína y por sus vínculos con el Cártel de Sinaloa.
Venezuela fue capturada en enero de 2026 invocando la Doctrina Monroe, las elecciones aún no se han convocado, pero lo que sí ha avanzado es el acuerdo petrolero con empresas alineadas con Washington. Colombia autorizó operaciones militares conjuntas apenas días después de que su nuevo presidente tomara posesión, mientras el país se recuperaba del terremoto que devastó el Chocó con más de 265 muertos.
Solo quedan dos grandes resistentes. Brasil, donde Lula lideraba por 11 puntos hace un mes y hoy las encuestas los emparejan frente a Flávio Bolsonaro, apadrinado por Trump. Y México.
Sheinbaum ha impulsado dos iniciativas simultáneas: prohibir la doble nacionalidad en candidaturas presidenciales y de gobernadores, y regular la inteligencia artificial y las redes en procesos electorales. El argumento oficial es la soberanía frente a la injerencia externa.
En un contexto en que la Doctrina Donroe opera a plena vista, el argumento tiene lógica. Pero de cara a la elección más grande de la historia de México en junio de 2027, vale la pena hacerse una pregunta: ¿los cambios propuestos —quién puede competir, quién puede financiar una campaña, qué puede decirse en redes — buscan realmente blindar al país de la injerencia externa? ¿O hay otros factores detrás?
No son preguntas incompatibles. Pueden ser las dos cosas al mismo tiempo. Y eso, en política, es exactamente lo más difícil de responder.
*La autora es estratega en Influencia, Asuntos Públicos y Marca Territorio. @LleirDaban